Primero Dirección · 22 y 23 de octubre en Culiacán.

A un año del duelo vivo: Culiacán no se resigna

🕊️ A UN AÑO DEL DUELO VIVO: CULIACÁN NO SE RESIGNA

Yo también creí que esto terminaría pronto.
Que esta narcopandemia —como algunos se han atrevido a llamarla— era una fiebre de poder que cedería con el paso de los meses. Como se disipa el mal tiempo. Como se va una tormenta si uno espera lo suficiente.
Pero no.
La violencia no se ha cansado. No se ha agotado. No se ha curado sola. Aquí estamos: un año después. Un año con Culiacán ardiendo, no solo en las noticias, sino en la conciencia de su gente.
Este no es un evento aislado. Es una forma de vida que amenaza con volverse costumbre. Y eso es quizás lo más peligroso: que dejemos de asombrarnos. Que dejemos de llorar. Que empecemos a normalizar lo inaceptable.
Cuando uno sobrevive todos los días, sin saber si volverá a casa o si alguien querido volverá, el alma se empieza a soportar.
Pero hoy, un año después del estallido de esta guerra, algo ha comenzado a cambiar.
Hace apenas dos días, miles de ciudadanos —quizás 20 mil, quizás 30 mil, quizás más— salimos a las calles, sin banderas partidistas, sin ideologías, con un solo clamor:
“Queremos vivir en paz.”
“Queremos que esta ciudad no sea recordada por sus heridas, sino por su gente”.
Marchamos desde la Lomita hasta la Catedral. Con hijos. Con fotos de los que ya no están. Con lágrimas que no se habían podido llorar lo suficiente. Fue la marcha más grande en la historia de Culiacán, no solo por número, sino por conciencia.
Y no fue un desfile. Fue un duelo caminando.
Fue también un acto de fe: la fe de que aún somos capaces de sentir. De que no estamos del todo perdidos.
Si queremos entender cómo llegamos hasta aquí, debemos mirar más allá de los titulares.
Esto no empezó con un asesinato.
Esto empezó cuando comenzamos a creer que el éxito valía más que la verdad.
Que la apariencia valía más que la dignidad.
Que el dinero, aunque manchado, tenía más mérito que la ética limpia.
Así, en silencio, fuimos edificando templos a la rapidez, al brillo, a la fama. Y en ese proceso, abandonamos la humanidad como medida de valor.
Cuando todos quieren ganar a toda costa, la ciudad entera pierde.
Un nuevo lenguaje está surgiendo.
Palabras en mantas colgadas de puentes.
Carteles en marchas sin líderes.
Voces que no gritan, pero que tampoco se resignan.
“El Culiacán de antes ya no volverá”.
“Construyamos uno digno.”
"La paz no solo se pide. Se vive y se comparte".
Este es el inicio de una conciencia colectiva.
Un despertar espiritual.
Una decisión de dejar de ser cómplices pasivos de lo que nos mata.
Y entonces, sí: el 16 de septiembre.
Se aproxima el grito.
Pero esta vez, muchos no iremos.
No por rebeldía vacía.
Sino porque la ausencia también puede ser un acto de amor.
Porque si no hay libertad, no hay fiesta.
Porque si la sangre no ha parado de correr, no podemos fingir normalidad.
Porque la paz no se grita. Se construye.
Ese día, cada quien decidirá cómo resistir: con silencio, con palabra, con arte, con cuidado, con memoria.
Culiacán no es su guerra.
Culiacán es su gente.
Es su dignidad aún viva.
Es su capacidad de llorar colectivamente, sin perder la esperanza.
Un año después, no estamos curados. Pero estamos despiertos.
Y eso ya es mucho.
Hoy, este mensaje no pide nada más que una cosa:
No te acostumbres.
No te adormescas.
No te vayas por dentro.
La paz no será un accidente. Será una construcción. Y la primera piedra, es la conciencia.
Dios con nosotros los culichis.
Gnozin
#CulichisPorLaPaz
#UnAñoDeConciencia
#LaPazEsElCamino

Publicado originalmente en Facebook el 9 de septiembre de 2025. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10162883692128257).

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