Solo 10 empresas por generación — cierra al llenarse.

CuliacánviolencianormalizaciónFamilia

La punzada

13 de febrero de 2026

La punzada

A las seis de la mañana Culiacán tiene un modo secreto.
No es el Culiacán de los videos que circulan a medianoche, ni el de las sirenas rebotando en las paredes, ni el de los rumores que se vuelven verdades a fuerza de repetirse. A esa hora, la ciudad parece recién lavada por el sereno del amanecer: las banquetas todavía guardan el frío de la madrugada, los postes siguen bostezando luz amarilla, y el cielo todavía indeciso; se pinta de un azul que no es azul del todo, como si tuviera miedo de comprometerse.

Íbamos de regreso a casa.
Mi esposa manejaba con esa concentración suave de quien conoce de memoria los baches y las esquinas. Yo iba de copiloto, con el cuerpo todavía vibrando por el gimnasio, como si cada músculo fuera un cable encendido. Y atrás venía Gaía, mi hija de 16 años, en ese silencio adolescente que a veces es sueño, a veces es mundo interior y a veces es pura observación: ojos que lo registran todo sin pedir permiso.
Las endorfinas eran un perfume: una alegría biológica, casi inocente. Esa sensación de “sí se puede”, de “hoy empieza distinto”. En el carro se mezclaban el olor a sudor limpio, a desodorante, a ropa deportiva húmeda, y esa brisa que entra cuando bajas los vidrios y la ciudad te toca la cara.
Nos detuvimos en un semáforo en rojo.
Y fue ahí, en esa pausa mínima; como un parpadeo del día; cuando sucedió lo que no sale en las noticias: una inmensa parvada estalló en el aire. No una o dos aves, no el canto aislado de un pájaro solitario, sino un montón, un ejército de alas (pero del otro tipo de ejército), una algarabía viva, una fiesta de trinos.
El sonido era una cosa física. No era “se oyen pajaritos”, no. Era un coro que te rodeaba, como si el amanecer tuviera su propia banda sonora y la estuviera tocando solo para quienes todavía no se han encerrado del todo. Las aves se contestaban unas a otras, se encimaban, se interrumpían, se celebraban. Había algo indecentemente alegre en eso: como si no supieran, como si no les importara, como si su única obligación fuera cantar porque salió el sol.
Y nosotros, por un instante, nos conmovimos.

No es una palabra cualquiera: conmovidos. El pecho se te ablanda. El ceño se te suelta. El cuerpo recuerda que también puede sentir belleza sin pedir disculpas. En ese segundo, Culiacán era otra cosa: una ciudad con pájaros, con madrugada, con gente que vuelve del gimnasio, con una hija que va atrás y un matrimonio que comparte el volante y la vida.
Fue entonces cuando mi esposa, mirando al frente, con la voz suave, casi como quien habla para sí, dijo:

—Quién diría que Culiacán tiene el sexto lugar de ciudad más violenta y peligrosa del mundo.

No lo dijo gritando. No lo dijo como discurso. Lo dijo como se dicen las cosas que ya no caben en el cuerpo si no las sueltas: con esa mezcla de incredulidad y cansancio. Como si la frase fuera una astilla que se te quedó clavada y por fin la sacas para que respire la herida.
Y ahí regresó.
La punzada.
No fue miedo exactamente. Tampoco sorpresa. Fue indignación. Fue una especie de rabia limpia, una rabia que no destruye hacia afuera sino que te quema por dentro. Porque, ¿cómo se explica? ¿Cómo se convive con esa doble realidad sin volverte loco?
Afuera, los pájaros haciendo fiesta.
Adentro, la conciencia de una ciudad sitiada.

La palabra “sitiada” no es metáfora cuando la vives. Sitiada es cuando cambias rutas sin darte cuenta. Cuando aprendes a identificar sonidos que antes eran “ruido de calle” y ahora son “algo que conviene interpretar”. Cuando se te vuelve normal ver armas largas como quien ve mochilas. Cuando lo que antes era excepción ahora se siente rutina.
Uno aprende a vivir como si estuviera caminando sobre vidrio, pero con zapatos gruesos. Y un día te das cuenta de que ya ni te acuerdas cómo se sentía caminar descalzo.

Eso es lo más perverso: la normalización.
No solo del peligro, sino de la presencia constante de fuerzas armadas, de retenes, de revisiones, de convoys. Que te detengan hombres armados con uniforme y tú respondas “voy por mi hija” con una sonrisa educada, y ellos te deseen “bonita noche” como si fueran vecinos amables. Y tú sigues. Y recoges a tu hija. Y llegas a casa. Y cenan. Y duermen. Y al día siguiente el mundo sigue.
Y entonces, ¿qué parte de ti se está adaptando? ¿Cuál se está endureciendo?

En el semáforo, con los vidrios abajo, el canto de las aves no era solo hermoso. Era un recuerdo cruel. Porque me mostraba lo que aún existe, la vida insistiendo, y al mismo tiempo acentúa la consciencia de todo lo que se ha torcido.

Mi esposa siguió con la mirada al frente. Yo volteé tantito hacia ella, como buscando una confirmación silenciosa: “¿tú también sientes esta mezcla absurda?”. Gaia, atrás, no dijo nada, pero hay silencios que hablan. Los adolescentes son antenas. Aunque no los veas reaccionar, registran. Guardan. Etiquetan sus experiencias por dentro.
Y ahí me golpeó otro pensamiento: el costo invisible.
El costo no siempre es el que se ve en las cifras, en los titulares, en los negocios cerrados, en las noticias de cada día. El costo es lo que se instala en el cuerpo: esa alerta constante, ese “mejor no”, ese cálculo automático, esa tensión que ya ni percibes porque se volvió tu postura natural.

El costo es la conversación que cambias en el restaurante cuando alguien se sienta en la mesa contigua. El mensaje que no mandas. La visita que pospones. La calle que evitas. El “ya no salimos de noche”. El “mejor no vayas”. El “avísame cuando llegues”. El “no te pares ahí”. El “sube los vidrios”. El “no traigas el celular en la mano”. El “no te metas”. El “no mires”.

La ciudad te educa.
Te educa a sobrevivir, sí. Pero también te educa a tragar. Y a fuerza de tragar, la indignación se queda sin salida y se vuelve amargura, o se vuelve apatía, o se vuelve cinismo.

Por eso la punzada es importante.
Si la has sentido, la punzada es señal de que todavía no estás anestesiado.
La punzada es una alarma moral, no una debilidad. Es el corazón diciendo: “esto no debería ser así”. Es el alma recordando el contrato básico de cualquier sociedad: vivir no debería ser una hazaña diaria. Salir de madrugada a hacer ejercicio no debería sentirse como un acto de valentía. Recoger a tu hija no debería cruzarse con retenes como si fuera parte del itinerario natural de la paternidad.

Y sin embargo, ahí estábamos: tres personas volviendo del gimnasio, con el amanecer en la cara y un dato terrible en la lengua.
En algún punto, el semáforo cambió a verde. Mi esposa avanzó. La parvada siguió cantando como si nada. La ciudad siguió siendo ciudad. Las calles se estiraron frente a nosotros, con sus tiendas cerradas, sus letreros, sus esquinas conocidas.
Y yo pensé: tal vez lo único que no nos pueden quitar, si no los dejamos, es la capacidad de señalar la infamia y ponerle nombre a lo absurdo.
Nombrarlo sin caer en el morbo.
Nombrarlo sin convertirlo en espectáculo.
Nombrarlo para reconocernos entre nosotros, los que seguimos aquí, los que hacemos vida entre la tensión y el cariño, entre la rutina y el sobresalto.

Porque el culichi no necesita que le expliquen la violencia. La vive. Lo que necesita es que alguien ponga en palabras esa contradicción íntima: la ciudad hermosa que amanece con pájaros y la ciudad herida que no nos deja respirar del todo.

Culiacán es así: te da mango, te da calor, te da familia, te da risas, te da antojos a deshoras, te da calles con historia y gente con corazón grande. Y al mismo tiempo te da esta sombra, este ruido de fondo que no elegimos, esta sensación de que lo normal se volvió raro y lo raro se volvió normal.

Cuando llegamos a casa, el canto de la parvada todavía se me quedaba pegado en el oído, como una canción que no se va. Y el comentario de mi esposa también. Dos sonidos. Dos realidades. Dos verdades conviviendo en el mismo cuerpo.

No sé si esto es resignación o resistencia, pensé.
Pero sí sé algo: cada vez que la indignación nos punza, cada vez que lo dantesco nos parece surrealista en vez de “así es”, hay una parte de nosotros que sigue viva.

Y quizá, solo quizá, esa parte viva es la que un día va a exigir, con paciencia y con fuerza, que la ciudad vuelva a ser solo eso: una ciudad. Con pájaros a las seis de la mañana. Con gente yendo al gimnasio. Con familias recogiendo a sus hijas. Con vidrios abajo sin que eso se sienta como un lujo.

Por ahora, seguimos.
Y en medio del asedio, escuchar a una parvada cantar puede ser un recordatorio incómodo y precioso: la vida insiste. Pero nosotros también tenemos que insistir en algo más: en no aceptar como normal lo que no lo es; aunque lo digamos bajito; aunque sea en un semáforo, aunque la frase salga como una punzada.

Porque esa punzada, al final, es amor.
Amor por lo que Culiacán fue.
Amor por lo que Culiacán puede volver a ser.
Amor por quienes todavía abren los vidrios y se atreven a escuchar el amanecer.

Con Dios y contigo:
Gnozin

Publicado originalmente en Facebook el 13 de febrero de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10163566469928257).