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Ni los veo ni los oigo: el abandono institucional como doctrina

Ni los veo ni los oigo
(Carlos Salinas de Gortari, padre simbólico del abandono institucional)

Sí, voy a marchar.
Lo haré por solidaridad con mi comunidad, por respeto al dolor colectivo, y porque creo que caminar juntos, incluso en el desasosiego, es mejor que callar por separado.
Voy porque reconozco el valor de salir a la calle y decir “ya basta” con el cuerpo, no solo con la voz.
Pero también voy desde otro lugar: el del desengaño.

No marcho porque crea que el gobierno nos va a escuchar. No lo ha hecho antes. No lo hace ahora ni lo hará mañana. Y no es nuevo.

En 1989, Carlos Salinas de Gortari respondió a las exigencias ciudadanas de democracia con una frase que hoy sigue vigente en la política mexicana:

“Ni los veo ni los oigo”.

Fue más que un comentario desafortunado. Fue una declaración emocional de Estado. Una línea que se convirtió en doctrina: la del poder sordo, elocuente en su indiferencia, entrenada para ignorarnos meticulosamente.

Desde entonces, lo hemos vivido una y otra vez: funcionarios que simulan escuchar, gobiernos que aparecen en los spots, pero desaparecen en las crisis.
Gobiernos que actúan como figuras parentales narcisistas: presentes cuando hay aplausos, ausentes cuando hay miedo.
Un padre que nunca volvió del Oxxo… y que, con los años, entendimos que nunca pensaba volver. Que simplemente no estaba.

Nos cuesta aceptarlo, porque nos duele. Nos cuesta verlo, porque entonces habría que cambiar de raíz la forma en que nos relacionamos con el poder. Pero esa es la verdad incómoda: el abandono institucional es estructural, no ocasional.

Y mientras esperamos a ese padre simbólico que ya no existe, la violencia ha crecido. No solo por las armas o la impunidad, sino porque como sociedad, admiramos durante años a quienes llegaron lejos sin importar cómo.
Endiosamos el dinero, no la dignidad. Aplaudimos el carro nuevo, no la conciencia. Normalizamos el derroche que venía manchado de sangre, mientras volteábamos hacia otro lado.

La guerra entre cárteles es el resultado del poder que como sociedad les fuimos entregando a los más violentos, a los más ambiciosos, a los más vacíos.
Y ahora caminamos entre miedo, nostalgia y culpa, buscando una salida que no puede venir del mismo modelo que nos trajo aquí.

Por eso marcho.

No porque crea que esto hará cambiar a los de arriba.

Marcho porque creo que nosotros sí podemos cambiar desde abajo.
Marcho para recordar que ya no podemos actuar como hijos que esperan ser rescatados, sino como adultos que entienden que solo cuidándonos entre nosotros podemos construir algo distinto.
Marcho porque el primer paso para cambiar la realidad es dejar de negarla.
Marcho porque no quiero seguir sobreviviendo en piloto automático.

No hay fórmula mágica. No hay líder milagroso. No hay rescate vertical. Solo nos tenemos a nosotros.
Y eso —aunque no parezca— puede ser suficiente si aprendemos a vernos, a oírnos, y a sostenernos.

Nos vemos mañana en la marcha.

Dios con nosotros!
Gnozin

Publicado originalmente en Facebook el 6 de septiembre de 2025. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10162870699438257).

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