Primero Dirección · 22 y 23 de octubre en Culiacán.
🌅 Mazatlán — pausa real
Enero empezó raro…
Y creo que apenas hoy lo estoy entendiendo.
No empezó con fuegos artificiales internos.
No hubo metas, ni el típico “ahora sí”.
Empezó… como el mar cuando no tiene viento:
quieto, espeso.
Como si por dentro todo aún se estuviera acomodando.
Como si mi alma se hubiera quedado unos días más en diciembre.
Y mientras tanto, yo seguía.
Agenda llena.
Gente que buscaba acompañamiento.
Responsabilidades normales.
El mundo girando.
Yo funcionando.
Pero por dentro…
una especie de silencio.
No era tristeza.
No era desgano.
Era… transición.
Y no le di importancia.
Porque así nos enseñaron, ¿no?
Si puedes seguir, sigue.
Si no duele, no cuenta.
Hasta que la semana pasada, algo se vulneró en lo sutil.
En un ejercicio grupal con empresarios, le pedimos a una IA que generara una imagen de cómo la tratamos.
Y apareció un robot:
batería baja,
golpeado,
destartalado entre frases como “hazlo rápido” y “otra vez mal”.
Lo que me sacudió no fue la imagen.
Fue darme cuenta de que no hablaba de la IA.
Hablaba de mí.
Ahí me vi. Claramente. Incómodamente.
Me di cuenta de que aprendí a sentirme valioso cuando funciono.
No cuando descanso.
No cuando respiro.
Cuando produzco.
Y durante años he funcionado en automático.
Cansado, saturado, confundido… pero cumpliendo.
Y sin querer, creo que le enseñé eso a mi mundo:
“Aplaudan aunque esté al límite. Yo aguanto.”
No desde el drama.
Desde la costumbre.
No fue una revelación de película.
Fue más bien…
un susurro que dijo:
“Ah… con razón.”
Y justo después de esa semana, pasó algo simple, pero importante:
Este fin de semana me vine a Mazatlán con mi esposa.
Sin hijos.
Sin urgencias.
Sin un rol que cumplir ni rendir.
Solo estar.
Y aquí, frente al mar que respira sin apuro,
me cayó otro veinte:
No quiero dejar de ser alguien que responde.
Pero tampoco quiero ser alguien que solo existe cuando responde.
No quiero esperar a fundirme para descansar.
No quiero que la pausa sea un premio.
Quiero que sea parte de lo normal.
No estoy en crisis.
No estoy reinventándome.
No estoy escribiendo un manifiesto.
Solo estoy viendo, por fin!!! cosas que antes normalizaba.
Y si este inicio de año me deja algo, es esto:
Tal vez no necesitamos llegar al límite para cambiar.
A veces basta con vernos distinto.
Con hablarnos un poco mejor.
Con no exigirnos tanto en lo cotidiano.
Nada épico.
Nada heroico.
Solo más humano.
Y en lugar de ese robot golpeado,
hoy prefiero imaginarme así:
como un cuerpo tendido junto al mar,
que por fin recuerda que también sabe descansar.
Que también merece simplemente… estar.
Gnozin
Publicado originalmente en Facebook el 31 de enero de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10163511729653257).
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