Lluvia de oro
23 de mayo de 2026
Solo 10 empresas por generación — cierra al llenarse.
23 de mayo de 2026
LLUVIA DE ORO
Hay mañanas en que uno sale a buscar aire y se queda más tiempo del que pensaba.
Hoy Culiacán amaneció oliendo a lluvia. Una lluvia temprana, de esas que en mayo casi nunca llegan. No sé si el cielo se equivocó de mes o si quiso adelantarse. Da lo mismo, ya no me detengo en esas preguntas como antes. Lo único cierto era el olor a tierra mojada y ese silencio limpio que deja la lluvia, como si el mundo entero hubiera bajado la voz.
El aire sin polvo. La sensación rara de que hasta los pensamientos respiran mejor.
Salí al patio buscando exactamente eso.
Fue al cruzar la puerta cuando lo vi. El suelo estaba cubierto de amarillo. Las losas del camino, el pasto, la mesa de piedra donde a veces me siento a leer: todo tapizado de flores pequeñas, caídas durante la noche sin que nadie las oyera caer.
Es la lluvia de oro que hace más de veinte años mi esposa y yo sembramos. Cuando la plantamos era una vara delgada que cabía en una mano. Ahora se inclina sobre medio patio y suelta su color encima de todo lo que tocamos.
Me quedé mirándola un rato largo. Y entonces caí en cuenta de que no estaba mirando flores caídas.
Estaba mirando tiempo.
Porque eso hacen ciertas cosas. Uno las planta sin imaginar del todo en qué se van a convertir. Un árbol. Un matrimonio. Una familia. Una idea. Una conversación que parecía menor y resultó ser raíz. Las pone uno en la tierra cuando todavía no entiende nada, y un día cualquiera, décadas después, descubre que aprendieron a florecer sin nosotros. O quizá para nosotros.
Solemos llamarle pérdida a lo que cae. Hojas perdidas, flores perdidas, días perdidos.
Quiero empezar a no llamarlo así.
Esta mañana, lo que cubría el suelo no parecía pérdida. El árbol no estaba tirando algo muerto: estaba dejando la prueba de que había estado lleno. Soltaba sus flores como quien ha tenido suficiente y puede dar el resto. ¿Y si lo que llamamos final fuera, muchas veces, solo abundancia que ya no cabe?
Hay un momento en que uno deja de pelearse con eso. En que soltar deja de doler como amputación y empieza a parecerse a una forma de elegancia. No aprendí esto de golpe. Lo fui entendiendo despacio, a la edad en que uno empieza a perder algunas cosas y nota que no todas las pérdidas pesan igual. Hay caídas que arruinan y hay caídas que solo cumplen su tiempo. Todavía me cuesta distinguirlas.
Por eso, creo, amo la lluvia. No solo porque limpia el aire. Sino porque tiene la costumbre de hacer visible lo que el polvo de los días nos había enseñado a no ver.
La lluvia no produjo la belleza.
Solo hizo imposible seguir ignorándola.
Con Dios y contigo:
Gnozin
Publicado originalmente en Facebook el 23 de mayo de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10164017694918257).