Solo 10 empresas por generación — cierra al llenarse.

PerfeccionismoHábitosMaestría en Acompañamiento Humano

El perfeccionismo se disfraza de profesionalismo

14 de agosto de 2026

Durante casi tres años tuve una maestría esperando.

No esperando alumnos. Esperando perfección. La idea estaba ahí. El programa también. Detrás había experiencia acumulada, materiales, modelos, ejercicios, conversaciones y años de trabajo. Y aun así siempre parecía faltar algo. Una materia por afinar. Un nombre por corregir. Una estructura que todavía podía mejorar. Otra metodología que valía la pena integrar. Una forma más clara de explicar lo que quería hacer.

Cada mejora producía la misma paradoja: el proyecto estaba mejor que seis meses antes y seguía exactamente en el mismo lugar. En mi cabeza. Durante mucho tiempo pude justificarlo con argumentos razonables, y quiero ser justo conmigo: eran verdaderos. Quería hacer algo serio. No quería improvisar una maestría. Me importaba —me sigue importando— que la propuesta estuviera a la altura de lo que significa formar personas capaces de acompañar a otros seres humanos.

Todo eso era verdad. Pero no era toda la verdad. También había perfeccionismo. Y el perfeccionismo tiene una capacidad extraordinaria para vestirse de profesionalismo. «Todavía no está lista.» «Primero voy a resolver esto.» «Cuando tenga clara la arquitectura, salimos.» «Solo falta una última revisión.»

Ninguna de esas frases suena a miedo. Todas suenan a criterio. Por eso funcionan tan bien. Uno puede pasar tres años dentro de ellas sin sentir un solo día que está huyendo. Hasta que aparece una incomodidad difícil de esquivar: hay cosas que no pueden terminar de diseñarse en el escritorio. Necesitan encontrarse con la realidad. Necesitan alumnos. Preguntas. Objeciones. Silencios. Ejercicios que funcionan mejor de lo esperado y otros que habrá que rehacer. Personas reales confrontando aquello que uno imaginó con tanto cuidado sobre el papel.

He aprendido a distinguir dos cosas que se parecen mucho por fuera. El rigor tiene criterios y tiene fecha. Sabe qué le falta, cuánto tiempo necesita y qué va a hacer después. El perfeccionismo no tiene ninguna de las dos. Solo tiene un «todavía no» que se renueva solo, indefinidamente, cada vez con un motivo nuevo y sensato. Uno de los dos protege la calidad. El otro protege al autor de exponerse. Y a veces se necesitan años para reconocer cuál de los dos está firmando las decisiones.

Esta semana empieza otra etapa.

El miércoles 12 y el viernes 14 de agosto presentaremos públicamente, por primera vez, la Maestría en Acompañamiento Humano. Y daremos una clase muestra de dos horas y media alrededor de personalidad y autoconocimiento: no una sesión informativa, sino una clase real, para que quien se siente ahí pueda juzgar por experiencia propia y no por una promesa.

Claro que la maestría todavía puede mejorar. Espero que dentro de un año sea mucho mejor que hoy. Ahora entiendo que debería ser así.

Porque la excelencia no consiste en esperar hasta haber eliminado toda posibilidad de error. Consiste en construir algo suficientemente sólido para ponerlo frente a la realidad, observar, aprender, corregir y volver a hacerlo mejor.

Ese ha sido mi propio aprendizaje. Durante tres años pensé que estaba perfeccionando una maestría. En parte lo estaba. Pero también estaba postergando el momento inevitable en que tendría que dejar de imaginarla y permitir que empezara a existir.

Escribo esto sabiendo que tú también tienes uno.

Un proyecto, una conversación, un cambio en tu empresa, una decisión con tu equipo, un movimiento personal que llevas meses —o años— mejorando sin sacar. Y que quizá esté bastante mejor que hace seis meses. Y en el mismo lugar. Hay proyectos que necesitan una revisión más. Y hay otros que necesitan una fecha.

La diferencia entre ambos casi nunca está en el proyecto. Está en nosotros.

Dr. Gnozin K Navarro Barreras
Psicólogo de Empresas