El miedo que cuida y el miedo que confisca
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Hijas mías:
Anoche me desperté sin motivo, como me pasa desde hace años, y fui a la cocina por un vaso de agua. De regreso al cuarto vi la línea de luz debajo de la puerta de una de ustedes. La otra ya dormía. Me quedé un momento en el pasillo, descalzo, con el vaso en la mano, oyendo ese ruido mínimo que hacen ustedes cuando creen que ya nadie las escucha: el celular acomodándose en la almohada.
No toqué. En parte porque no sabía qué decir. En parte porque a esa hora todavía no sé preguntar nada sin que suene a interrogatorio.
Volví a la cama y no pude dormirme. Hice lo que hago siempre en esas horas, que es revisar. Reviso pendientes. Reviso números. Reviso conversaciones viejas, incluida esa en la que te contesté mal el martes y de la que no hemos vuelto a hablar. Es un trabajo inútil y nocturno, pero lo hago con una disciplina que ya quisiera para otras cosas.
Y entonces se me ocurrió, medio dormido, que la única gente que nunca se preocupa por nada es la que ya no está.
Nadie en un panteón llega tarde. Nadie discute con su papá. Nadie pierde el sueño por una amiga que dejó de contestar, ni revisa tres veces una foto antes de subirla, ni se despierta a las tres de la mañana preguntándose si eligió bien. Tampoco esperan a nadie. Tampoco extrañan una voz. Tampoco se les mueve algo en el pecho cuando aparece un nombre en la pantalla.
Me di cuenta de que la paz que yo pedía en esas noches —que nadie me necesitara, que nada dependiera de mí, que nadie tuviera el poder de lastimarme— se parece demasiado, vista de lejos, a estar ausente.
Hay algo que quiero que sepan de mí, aunque no sé si es el tipo de cosa que se le cuenta a una hija. Me he pasado la paternidad intentando organizar el mundo para que no les duela. Anticipo, aseguro, calculo, prevengo. Es lo que hago para vivir y es también, temo, lo que hago en lugar de vivir. Hubo años en que estuve completo en esta casa y ausente al mismo tiempo: presente en la mesa, vigilando el futuro. Y el futuro no se deja vigilar. Vivir es aceptar que no hay garantías. Amar a alguien es reconocer que puede faltarnos. Ser papá es criar personas que un día van a tomar su propio camino, y que deben tomarlo.
No voy a decirles que lo que les preocupa ahora es pequeño. Lo odiaba cuando me lo decían a mí, y además no es cierto: lo que a uno le duele nunca es pequeño mientras duele. Tampoco voy a decirles que en diez años nada de esto va a importar. Probablemente sea verdad y probablemente sea inútil.
Lo que sí les digo es esto: la angustia que traen encima no es un defecto de fábrica. Es la factura de estar involucradas. Nadie se preocupa por lo que le da igual. Te importa el examen porque quieres algo. Te importa esa amistad porque no te resulta indiferente. Te da miedo mandar el mensaje porque la respuesta te importa. Te incomoda tu cuerpo porque estás habitándolo. Una vida sin ninguna preocupación también sería una vida sin ningún vínculo, y de esas conozco varias: se ven muy tranquilas por fuera.
Pero hay dos miedos y no son el mismo, y ojalá aprendan pronto a distinguirlos, porque yo tardé demasiado.
Uno te mantiene despierta. Te hace estudiar, te hace volver a llamar, te hace revisar que la puerta esté cerrada. Ese miedo cuida.
El otro te mantiene lejos. Es el que te hace no escribirle a la amiga por si no contesta, no presentarte por si no quedas, no querer demasiado por si después falta. Ese miedo no cuida: confisca. Se roba, por adelantado y en vida, exactamente aquello que dice estar protegiendo.
Reconocerlos es simple aunque no sea fácil. El primero te empuja hacia la vida. El segundo te empuja hacia la orilla, y siempre con buenos argumentos.
Yo no espero que ustedes tengan una vida sin problemas. Sería como desearles una vida sin nadie dentro. Espero otra cosa, más modesta y más difícil: que puedan mirar con algo de gratitud la vida imperfecta que todavía tienen entre las manos. Que se den cuenta de que tienen sueño porque hicieron algo. Que tienen conflictos porque conviven con personas reales y no con figuras de adorno. Que tienen dudas porque todavía pueden elegir. Que extrañan porque alguna vez tuvieron cerca a alguien digno de ser extrañado.
Estar vivo no significa estar a salvo. Significa estar metido en el asunto.
Un día no va a haber pendientes en esta casa. No va a haber puertas con luz debajo ni conversaciones difíciles pospuestas hasta el martes. Va a haber silencio, y el silencio no discute con nadie. Mientras ese día no llegue, tenemos esto: el ruido, los portazos, las cenas frías, los mensajes que no contestamos a tiempo, los perdones que nos debemos.
La próxima vez voy a tocar. No para revisar nada. No traigo ninguna pregunta. Voy a decirte que hay leche en el refrigerador y que ya es tarde, y luego me voy a ir a mi cuarto.
Nada importante. Esa es exactamente la idea: que del otro lado de tu puerta hay alguien despierto, con un vaso de agua en la mano, que todavía tiene todo que perder.
Papá