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Dioses caídos

DIOSES CAÍDOS

Hay quienes creen que la dignidad se exhibe hacia afuera, como un traje bien planchado o un discurso impecable. Pero la verdadera prueba no está en los aplausos ni en las medallas: está en la mirada de quienes te conocen desde la cuna. Ningún juez es más implacable que un hijo. Ningún espejo más cruel que aquel que te ha visto titubear en bata y sin argumentos.

Nacemos blandos, expuestos, con una fragilidad casi ofensiva. Y en esos primeros años, los padres son el universo entero: omnipotentes, omnipresentes, incontestables. Así fue mi padre para mí: un hombre forjado en la escasez, que se abrió camino como empresario hecho a sí mismo, y que me enseñó que la palabra autoestima también podía tener un lugar en la sala de juntas. Para mí era un dios, y lo fue durante mucho tiempo.

Con el paso de los años aprendí que todo hijo, tarde o temprano, ve caer a sus dioses domésticos. No se trata de un simple arrebato adolescente: es un veredicto. Para descender del Olimpo hasta el infierno cotidiano hace falta más que un mal día; hace falta insistencia, torpeza emocional o ese desdén que confunde autoridad con superioridad. No hablo de odio —aunque muchos lo conocen—, sino de las tensiones inevitables: horas de debate, silencios incómodos, incluso terapia compartida. Esos momentos en que las máscaras se quiebran y lo único que queda es la verdad desnuda.

En la caída no se pierde solo el amor, sino algo más frágil: el respeto. Ese respeto que parecía parte del mobiliario afectivo, y cuya ausencia convierte al adulto en un actor fuera de libreto. Si no puedes sostener tu estatura moral ante quienes crecieron bajo tu sombra, ¿ante quién podrás sostenerla?

Mi padre me enseñó esta lección sin proponérselo: podía equivocarse, pero no fingir. Nunca se disfrazó de lo que no era. Incluso en la agonía del cáncer, cuando la fuerza lo abandonaba, conservó una lucidez que lo engrandecía. Su último legado fue un gesto simbólico: que el próximo nieto varón llevaría el nombre Hael, recordándonos que lo sagrado no está en la perfección, sino en la coherencia entre lo que se es y lo que se deja.

Fuera de casa podemos impresionar con discursos o medallas. Pero en la intimidad, si los tuyos solo te recuerdan como un fantasma, lo tuyo no fue vida: fue función. Lo insoportable no es que los hijos dejen de verte como un dios —eso sucede, es parte del crecer—, sino que te descubran como un farsante.

Hoy, 19 de septiembre, día en que mi padre cumpliría 81 años, elijo quedarme con lo esencial: no con un dios caído, sino con un hombre real, con heridas y grandezas, cuya dignidad aún me acompaña.

Muchas veces sirve volver a esas memorias y dejar que la tinta nos revele lo que todavía aún pueda haber no resuelto. En ocasiones, resulta útil escribir una carta, no para enviar, sino para comprender y descubrir ahí qué parte del legado sigue viva en nosotros.

Porque lo sagrado, al final, no está en la imagen idealizada, sino en la memoria viva de lo real.

Con Dios y contigo,
Gnozin
Psicólogo de Empresas | Autoestima Empresarial

Publicado originalmente en Facebook el 19 de septiembre de 2025. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10162923040658257).

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