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Conocerse no es enumerar defectos: es descubrir de qué estás hecho

6 de marzo de 2026

Sobre conocerte de verdad

Durante años, cuando el entrenador te corregía, te aplastabas.

No de golpe, no con drama. Era más discreto y más grave que eso: los hombros bajaban unos centímetros, la cabeza seguía, y durante los minutos siguientes jugabas como si tuvieras que pedir disculpas por estar ahí. La corrección pasaba por ti y en lugar de traducirse en ajuste se convertía en veredicto. Vi ese gesto muchas veces desde la banca y en ninguna dejó de pesarme, porque lo reconocía. Era el mío.

Hay cosas que los padres transmitimos sin querer y sin saber que lo estemos haciendo. Esta era una de las mías.

El entrenador gritaba. A veces explotaba de una manera desproporcionada al error que acababa de ocurrir. Y tú activabas los botones de pánico, te cuestionabas si eras buen jugador, si tenías futuro en esto, si algo en ti estaba fundamentalmente fuera de lugar. Yo lo veía y me callaba. No porque no me importara, sino porque todavía no tenía las palabras. Y también porque una parte de mí también se aplastaba ante ese tipo de correcciones. No en la cancha. En otros lugares. Pero el gesto era el mismo.

Lo que hacíamos en el carro de regreso a casa fue, con el tiempo, más importante que cualquier cosa que pasara dentro de la cancha.

No lo planeé así. Empezó como conversación de padre nervioso que no quería que su hijo llegara a casa cargando algo que no era suyo. Te preguntaba qué había pasado. Tú me contabas. Yo escuchaba. Y después, poco a poco, empezamos a reconstruir los eventos con más cuidado: a separar lo que era corrección técnica de lo que era asunto emocional del otro.

Una cosa es que el pase estuvo mal dirigido. Eso es información. Eso sirve.

Otra cosa es el tono en que esa información llega. El grito, el gesto, el exabrupto. Eso no es tuyo. Eso pertenece a quien lo emite, y generalmente dice más de su historia que del error que acaba de corregir.

Te lo decía así: tu entrenador aprendió a corregir a base de gritos, probablemente, porque así le corrigieron a él. No porque sea mala persona. No porque tú seas mal jugador. Sino porque sus herramientas didácticas tienen esa forma — y su habilidad técnica supera con creces su habilidad para comunicarla sin daño colateral. Son cosas distintas y las dos son ciertas al mismo tiempo: puedes aprender mucho de él y no tienes que padecer su forma de decirlo.

Nadie sale bien librado de la infancia — te lo dije muchas veces en esos trayectos y me lo decía a mí mismo. Lo que más confunde es la hipocresía de los mayores que nos corrigen como si ellos no cometieran errores, como si hubieran llegado a donde están sin dejar un rastro de metidas de pata, de pérdidas de control, de momentos en que eligieron mal. Tu entrenador no salió bien librado. Yo no salí bien librado. Tú tampoco saldrás perfectamente bien librado, aunque espero que con menos carga de la que yo he arrastrado hasta hoy.

Porque la infancia no es destino. Es punto de partida.

Lo que crees sobre ti mismo — lo que sucede automáticamente en tu cabeza cuando te equivocas, cuando te corrigen, cuando alguien con autoridad te señala — es un programa. No lo elegiste. Llegó antes de que pudieras elegir nada. Llegó en el tono de voz de las personas que te criaron, en cómo reaccionaban ante tus errores, en qué se celebraba y qué se castigaba, en qué cara ponía tu padre cuando las cosas no salían como esperaba.

Y parte de ese programa te lo instalé yo. No a propósito. No por maldad. Por modelaje: el hijo ve al padre funcionando de cierta manera y copia el patrón antes de que nadie pueda preguntarle si lo quiere copiar. Así funciona la transmisión entre generaciones — silenciosa, involuntaria, y a veces costosa para el que la recibe.

Lo que yo heredé y te transmití sin querer fue esto: equivocarse es evidencia de que algo está mal en ti. No información que se usa y se suelta — evidencia de una falla estructural. Y eso produce un tipo de reacción muy específica ante el error: no ajustar, sino disculparse. No corregir el pase — disculparse existencialmente por haber fallado el pase.

Te lo vi hacer desde la banca más veces de las que me gustaría recordar. Un error, los hombros abajo, y el siguiente minuto perdido en el juicio en lugar de en el juego.

Lo que llaman “ser exigente con uno mismo” casi nunca lo es. La exigencia real es rápida y limpia: ves el error, lo entiendes, lo corriges, sigues. Lo que solemos llamar exigencia es otra cosa — es castigarse por estar aprendiendo. Y eso no produce mejora. Produce parálisis con apariencia de esfuerzo.

La diferencia entre un jugador que recibe una corrección y ajusta, y uno que recibe la misma corrección y se hunde durante cinco minutos, no está en el talento. Está en lo que el segundo cree sobre lo que significa equivocarse.

Conocerse no es enumerar defectos. Es descubrir de qué estás hecho.

Esa distinción no es semántica. Cuando enumeras defectos, el resultado siempre es el mismo: la confirmación de que hay algo incorrecto en ti que hay que corregir, disimular o superar. Cuando descubres de qué estás hecho, el resultado es diferente: encuentras materia. Encuentras qué ya funciona, qué construiste sin darte cuenta, qué es genuinamente tuyo. Y desde ahí puedes construir algo real, en lugar de pasar los años tratando de reparar algo que nunca estuvo mal.

La modestia excesiva, por cierto, es otra forma de mentira. Más aceptada socialmente, pero mentira. Decir “no, yo no soy tan bueno” cuando sí lo eres no es virtud: es una forma de protegerse del riesgo de fallar en público. Entiendo el impulso — yo también lo padezco, y a veces asoma — pero no ayuda. Solo aplaza el momento de mirarte de frente.

Hace aproximadamente dos años, algo cambió en ti en la cancha. No lo anunciaste. No hubo una tarde decisiva que yo recuerde con claridad. Fue gradual, silencioso, de esas transformaciones que solo se notan cuando miras para atrás y comparas la foto de entonces con la de ahora. Pero el cambio está ahí.

Hoy, cuando el entrenador te corrige — incluso cuando lo hace con más calor del necesario — ya no te aplastas como antes. Recibes, procesas, ajustas. Sigues jugando. Algo en ti aprendió a separar lo técnico de lo emocional, lo que es información útil de lo que es ajeno disfrazado de corrección. No siempre, no perfectamente — pero lo suficiente para que sea una diferencia real.

Yo fui testigo de eso desde la banca. Y lo vi también en los trayectos de regreso a casa, en cómo tus preguntas sobre lo que pasó fueron cambiando: menos “¿soy mal jugador?” y más “¿cómo lo hago diferente?” Menos veredicto, más información.

Reescribiste el programa. Solo que probablemente no lo sabes todavía, porque así funcionan las transformaciones que valen — no se sienten como grandes revelaciones. Se sienten como una tarde ordinaria en que las cosas salieron un poco mejor que antes.

Hace unos meses, en uno de esos momentos en que fui demasiado duro contigo por algo que era más mío que tuyo, fui a pedirte disculpas. No recuerdo exactamente qué dije. Sí recuerdo lo que me respondiste.

Me dijiste: “Papá, eres buen padre y todos nos equivocamos.”

Me quedé sin palabras. No porque fuera un halago — eso no es lo que me detuvo. Me quedé sin palabras porque en esa frase hiciste exactamente lo contrario de lo que yo habría hecho en tu lugar: en vez de cargarte el error ajeno, lo procesaste y lo soltaste. En vez de aplastarte bajo el peso de lo que el otro hizo mal, lo viste como lo que era — un error, no un veredicto — y lo pusiste en su sitio.

Hiciste, de forma natural y sin que nadie te lo pidiera, lo que yo llevo décadas intentando aprender a hacer.

Conocerse, entonces, no empieza por la lista de lo que falla. Empieza por ver con honestidad de qué estás hecho — incluyendo las partes que ya son mejores que las de tu padre.

Eso no lo hice yo. Lo hiciste tú.

Empieza a sabértelo.

Con todo mi corazón, papá.

Gnozin

Publicado originalmente en Facebook el 6 de marzo de 2026. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10163667917973257).