Primero Dirección · 22 y 23 de octubre en Culiacán.

Carta a mis hijos sobre el arte de equivocarse

🌿 Carta para mis hijos, Gaía y Hael

Queridos míos,

Quiero regalarles estas palabras como quien enciende una pequeña lámpara en el camino.

Gaía, primogénita, tu fuego brilla con intensidad. Tu pasión por la gimnasia es un idioma secreto entre tu cuerpo y el universo. Pero, hija mía, recuerda: tu valor no se mide por la perfección de una rutina ni por los aplausos que coseches. Está en tu capacidad de amar, de entregarte y de volver a levantarte cada vez que tropiezas.

Hael, hijo amado, tu ternura y tu generosidad son un refugio para quienes te rodean. El fútbol te enseña a confiar en los demás, a construir equipo, a celebrar lo compartido. Y aunque a veces la noche se llene de miedos, tu sensibilidad es un tesoro: ella te permite comprender, abrazar y cuidar a los otros con un corazón inmenso.

Quiero decirles algo que considero vital: equivocarse no es un accidente marginal de la vida, es la señal más clara de que estamos vivos y en camino. El niño que se cae una y otra vez mientras aprende a caminar no fracasa: ensaya. El científico que tropieza con hipótesis fallidas no se hunde en la frustración: avanza tanteando, tanteando, hasta descubrir un resplandor nuevo.

La sociedad, sin embargo, adora la certeza como si fuera un ídolo. Todo debe lucir impecable: el currículo, la sonrisa de la foto, el discurso perfecto. Pero la vida insiste en que tropecemos, y gracias a esos tropiezos recordamos que no somos máquinas programadas, sino seres humanos capaces de rectificar y, por tanto, de aprender.

El verdadero problema no está en el error, sino en nuestra alergia a reconocerlo. Cuando el orgullo se disfraza de dignidad, terminamos librando batallas inútiles: discusiones familiares donde importa más tener razón que reconciliarnos, amistades rotas por no admitir una falta, grupos que prefieren hundirse antes que aceptar la metida de pata colectiva. Pretender no fallar nos endurece como piedra, y la piedra —ya saben— ni siente ni cambia.

El error, en cambio, nos humaniza. Nos obliga a practicar la humildad, a reconocer lo que ignoramos, a abrir espacio para el perdón. Quien se sabe falible comprende mejor la falibilidad del otro. Y en esa complicidad aparece una ternura que ninguna victoria impecable nos regalaría.

La historia está llena de errores providenciales: descubrimientos que nacieron de fracasos, inventos surgidos de accidentes, teorías afinadas gracias a hipótesis equivocadas. Y en la vida íntima ocurre lo mismo: amores fallidos, decisiones torpes, proyectos truncados… todo eso, con el tiempo, nos empuja a empezar de nuevo con un poco más de lucidez.

Aceptar el error no significa glorificar la ignorancia. Es entender que la verdad llega siempre entre balbuceos, tanteos y rectificaciones. El que se aferra a la certeza absoluta queda preso en su fortaleza; el que se atreve a equivocarse permanece abierto a la vida, que nunca deja de moverse.

Equivocarse, en suma, es un arte que requiere valentía: valentía para arriesgar, para reconocer el fallo y para transformarlo en semilla de aprendizaje. Sin errores, la vida sería rígida, como una música sin silencios. Defender el error es defender la posibilidad de ser humanos de verdad: vulnerables, contradictorios, pero también capaces de reinventarnos una y otra vez.

Mis amores, deseo que caminen con la libertad de ensayar, tropezar y volver a empezar. Y quiero que graben en su corazón estas palabras: los amo tal como son, sin condiciones, sin exigencias. Para mí, ustedes ya son mi mayor obra de arte.

Con todo mi amor,
Papá

Publicado originalmente en Facebook el 20 de agosto de 2025. Ver la publicación original (ID de Facebook: 10162799929318257).

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